
Sin duda la noticia del verano sobre arte contemporáneo no ha sido, como era de esperar, la de la Bienal de Venecia sino la de la creación de un antidisney por parte del famoso y misterioso grafitero Banksy en una localidad costera, Weston-super-Mare, cerca de Bristol, en Gran Bretaña.
Mientras a la élite internacional del arte contemporáneo no se le ha ocurrido cosa mejor y más oportuna que programar una lectura continua de El Capital de Marx en las naves venecianas, Banksy ha revolucionado los medios de comunicación de todo el mundo con su desconcertanteparque distópico. Según sus propias palabras se trata de "un parque temático no apto para niños" y sí para "anarquistas principiantes" que recoge una colección de obras imaginativas y disparatadas que pretenden poner al revés el idílico mundo de Disney. La broma ha despertado la curiosidad del gran público y ha hecho que las entradas hayan superado el precio de 1.300 euros en la reventa, lo cual lo ha hecho considerablemente difícil de visitar.
No es nueva la teorización sobre los puntos en común existentes entre los parques temáticos de entretenimiento y las bienales artísticas o los museos de arte contemporáneo. El paseo por distintas ambientaciones con un tiempo determinado para cada una, unos pocos minutos, y el impacto estético basado en luz, gran escala, color, sonido y movimiento, se han convertido en la metodología expositiva preferida. A consecuencia de su éxito la tematización ha llevado al terreno del espectáculo a los grandes eventos culturales orillando toda aquella iniciativa que no pudiera ser incorporada a su mecánica. Dismaland acepta por completo su naturaleza de espectáculo y reúne una serie de piezas en torno a lo opuesto a Disney que presenta siempre la belleza, la fantasía, la felicidad y el triunfo de la bondad. Dismaland tematiza lo feo, lo doloroso, lo depresivo, lo roto con una sencilla técnica de inversión y en su recinto es válido para ser presentado sólo lo peor.
Mientras a la élite internacional del arte contemporáneo no se le ha ocurrido cosa mejor y más oportuna que programar una lectura continua de El Capital de Marx en las naves venecianas, Banksy ha revolucionado los medios de comunicación de todo el mundo con su desconcertanteparque distópico. Según sus propias palabras se trata de "un parque temático no apto para niños" y sí para "anarquistas principiantes" que recoge una colección de obras imaginativas y disparatadas que pretenden poner al revés el idílico mundo de Disney. La broma ha despertado la curiosidad del gran público y ha hecho que las entradas hayan superado el precio de 1.300 euros en la reventa, lo cual lo ha hecho considerablemente difícil de visitar.
No es nueva la teorización sobre los puntos en común existentes entre los parques temáticos de entretenimiento y las bienales artísticas o los museos de arte contemporáneo. El paseo por distintas ambientaciones con un tiempo determinado para cada una, unos pocos minutos, y el impacto estético basado en luz, gran escala, color, sonido y movimiento, se han convertido en la metodología expositiva preferida. A consecuencia de su éxito la tematización ha llevado al terreno del espectáculo a los grandes eventos culturales orillando toda aquella iniciativa que no pudiera ser incorporada a su mecánica. Dismaland acepta por completo su naturaleza de espectáculo y reúne una serie de piezas en torno a lo opuesto a Disney que presenta siempre la belleza, la fantasía, la felicidad y el triunfo de la bondad. Dismaland tematiza lo feo, lo doloroso, lo depresivo, lo roto con una sencilla técnica de inversión y en su recinto es válido para ser presentado sólo lo peor.

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